Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

Poema a la amada desconocida

 

Para después de mi muerte

 

Nosotros dos, amada, que no nos conocimos,

que tenemos el mismo modo de amar y amarnos,

que somos habitantes de una estrella desierta

con un nada de arcilla y un mucho de ternura,

 

que ambos hemos vivido en idéntico mundo

-trenes ciertos y únicos de hierros paralelos-,

convocados de siempre en azul varillaje

con música y ángeles y sideral rocío.

 

Escalador de cumbres, buceador de simas,

aleteando el trémulo palpitar de mis alas,

contigo de la mano, por este mundo nuestro

de apenas un milímetro cuadrado de amargura.

 

Pero tu forma ¿dónde?, ¿dónde estuvo tu forma?,

¿qué mano te ocultaba a mis buscantes ojos?,

¿qué sandalias calzaste?, ¿qué yermo te sostuvo?,

¿qué sonrisas tus labios sustentaron y en dónde?

 

Yo no sé; te he buscado, te he conocido, apenas

sosteniendo en vilo tu esencia sin figura,

rozando el vuelo gris de las cambiantes nubes

para esculpir tu forma de un aliento de Dios.

 

De un aliento de Dios, y Dios insuspirante,

negándome el preciso “sé tú” que le pedía,

ocupado en pintar los lienzos del crepúsculo,

sin importarle nada nuestro afán de minero.

 

Y yo, minero, pobre minero, pobre y triste

minero de mi mismo corazón naufragante,

sabiendo inagotable filón a tu sonrisa,

intuyendo tus manos para un mundo de amor.

 

Quizás fuese tu vida, tu negación, tu ausencia,

tu no ser existiendo, tu mismo huir alegre;

y yo sobre los mares, oteando sirenas,

centauros rezumantes de una angustia animal.

 

Acaso tu pupila y la mía tuvieron

un alentar unánime, allá sobre la tierra,

ajenas al hollar de la lava en el alma

y al rugir de la hiena en las noches del mundo.

 

Acaso nos cruzáramos sobre algún mismo puente,

a bordo de un navío, sobre un poco de llanto,

en un tren de montaña, de playa, de pobreza,

con billete de ida pero sin vuelta al tiempo.

 

Te he hablado, sí, te he hablado; tú lo sabes; reías.

Yo solo entre mis montes, mis olivos, mi cielo,

mis siempre estarme triste, mi sonreír de siempre,

siempre otoñando y siempre desbordando ternezas;

 

solo entre mis olivos. Tú, leve despedida,

dulce ánfora de miel, cabalgata de vientos,

un sollozar de arco iris después de cada lágrima

y un palpitar de espumas sobre cada marea.

 

Yo solo entre mis montes, mis olivos, mi tiempo,

esclavo de dos fechas, límite de dos muertes,

esperando la enorme despedida del día

para saber tus labios besando el horizonte.

 

Yo esclavo de mi tiempo, barrera de tu roce,

atado entre el ciprés y la tenue semilla.

Pero tú fuiste espuma, grito de Dios que inunda

al mundo de su tierno alborear primero.

 

Ya la primera sombra te inauguró, tu pulso

se colmó de ternura en la primer mañana,

se hizo aleteo frágil de ave recién nacida

y un estallar de soles de bienaventuranza.

 

El inundante río de esbeltos palmerales

grabó en su arena la huella de tu leve sandalia;

libadora del tiempo, suavísimo declive

sobre el llanto sin límite de todas las ruinas.

 

El tiempo fue el enorme artífice de tu vida,

dulce incaica sombra, mogólica cintura

y en las noches de luna, sobre los playeríos,

mil brumas indecisos celaron tus pestañas.

 

Te he tenido conmigo, sobre el prado del nunca,

acaso en un desierto, junco de la ribera,

pero en un tenue, frágil atardecer, he sido

clámide tu cuerpo y ruiseñor de tu rama.

 

Tú estás conmigo, amada, aquí sobre mi muerte,

sobre tu siempre vida, laborando ternura,

laborando los mínimos resplandores suaves

que nos hacen un poco más de estrella y de ala.

 

Yo no sé si tú has sido, si has rozado mi pelo,

si has sorbido mis labios, si has sostenido al día;

pero a fuerza mis labios de llamarte y llamarte,

te izaron de la nada a las manos de Dios.

 

 

(Publicado en Ixbiliah, Primavera de 1953, Sevilla)