Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

“Ahí tienes tu Dios…”

 

Me dejaron un día:
“Ahí tienes tu Dios.
Tienes que amarlo, hablarle, sonreírle,
rezarle en las mañanas y en las noches.
Eso que asoma a veces por las nubes
no creas que es nube, sino Dios que mira.
Y tú tienes que hablarle, porque si no
se enfadará y te quedarás sin él.
No creas que es broma: es bastante serio.
Ahí tienes tu Dios y tu camino,
procura no salirte, y entonces
tendrás tu eternidad asegurada”.
Yo, claro,
cumplía con estas minucias cotidianas,
le hablaba, sonreía, amaba –amo-
por que no se enfadara;
ponía cara de circunstancias con el rezo,
le pedía moneditas para luego
comprar la eternidad que le sobrase.
Y a veces hasta hacía horas extraordinarias.
Pero un día, -eso que asoma a veces por las nubes
estaba allí también-
sentí un peso extraño por la espalda;
sentí un peso extraño, tan minúsculo
que apenas si le di importancia alguna.
Pero al alzar los ojos para arriba
la nube era más nube que otras veces
y nada se asomaba ya por ellas.
“Ahí tienes tu Dios”.
Me lo decían como un negocio urgente,
si fe ni nada parecido,
bailándole en la cara el mismo gesto
que usan para preguntar por la vecina enferma
o al dar el sombrerazo en los entierros.
“Ahí tienes tu Dios. Procura
arreglar esto bien, mira que luego
esto no tiene compostura”.
Y cada uno nos va enseñando
un Dios para su uso particular,
aunque a veces se le quede grande
como la chaqueta del hermano mayor,
aunque le sobre Dios o manga para rato;
otros no se atreven
ni a adorar al palomo del vecino.
“Ahí tienes tu Dios”,
¿y ahora qué hago?,
¿dónde lo pongo para que no se ensucie
si no tengo alacena
y el mantel de mi mesa está zurcido?
No me dijeron nada del camino,
con largos valladares que se afilan
en gritos de jaguares,
y así mi Dios, el mío,
-el camino es oscuro
y siempre vuelve por la misma arena-
ese Dios que me dieron como una
moneda que no puede ser gastada,
se me perdió en el polvo del camino
y me senté a llorar
como el niño que pierde su juguete más raro,
y Dios, desde su cielo, se reía
viendo que, loco, golpeaba el suelo.
Y Dios –no el Dios de cada uno
con un disfraz distinto, sino Dios-
volvió a asomarse por las nubes,
y yo reí, lloré, me alcé del suelo,
porque era el mismo Dios que me dieron de niño;
el mismo y ya no el mismo, porque lo había hecho
dentro de ti a fuerza de llamarlo,
un Dios sencillo, sin la mascarada
del negocio de urgencia,
y para adorar sin cara de circunstancias.

 

 

(Publicado en Calandria, verano de 1960)