Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

8

 

Tú no conoces nuestra casa, padre.

¿Estás donde tu muerte maniatado

y no conoces, dime, su caricia,

no has ido construyendo con el gozo

cada espacio medido, cada aliento?

¿O acaso desde antes de su estío

tú viste su frutal desesperanza?

No la conoces, padre, pero tiene

tu nombre en cada piedra, tu recuerdo

en su savia, tu voz en cada esquina,

y multiplica en cada vivo mueble

el eco de tu voz, que no ha sonado

en su amoroso, elemental recinto;

y despliega en bandadas de promesas

-de promesas no hechas, rotas, frías,

sin certeza de muerte y de caminos-

la palabra hecha padre, la costumbre

de una mano que pudo y no sostiene

los días y las horas de la casa,

las muertes, los adioses de mis horas.

Yo colonizo con tu voz perdida

las colinas y valles de mi casa;

yo clavo la bandera de no verte

sobre sus muros -almenadas penas-,

que tú ni tan siquiera sospechaste,

que tú ni tan siquiera me imaginas.

Yo exploro su contorno, yo sostengo

tu recuerdo en su vívida argamasa.

Y hasta tu muerte, hasta tu nada, padre,

hasta tu adiós más ido y tu agonía

quiero decirte y quiero proclamarte

que esta casa que tú no has conocido,

que estos hijos que tú no has abrazado,

se crecen y encadenan en tu nombre,

se glorian por sus cálices de afectos,

se nutren, se amamantan, se aposentan

por recuerdos de infancia ya perdida,

por tranquilos remansos de certeza,

se encrespan sobre el día y se me hacen

hijos o padre ya por nuestra casa.