Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

EPÍLOGO

 

No hace noche una estrella. Ni tampoco

hace dolor un muerto. Y sin embargo

un muerto es una piedra en un estanque

levantando unas ondas sucesivas

de dolor y de miedo y de congojas

hasta encallar en rocas de las márgenes.

 

No hace dolor un muerto... y es la forma

definitiva y sola de morir,

arropado por lágrimas piadosas

que a boca llena vuelcan los regalos

de sonrisas o fuentes o cizañas

que le negaron vivo; despojado

de negros atributos que colgaban

su esqueleto viviente como estigmas

que se adelgazan, glorifican, reinan

cuando ya no hay peligro de regresos.

 

Porque la vida se sustenta sobre

regueros de cadáveres; alienta

con la muerte que ronda sus confines,

y no se da por satisfecha sino

teniendo un muerto para comparar.

 

No hace noche la muerte, que la noche

amamanta en los pechos de la vida

su oscuro lobo, su gacela inhóspita,

emboscando en los riscos de la pena

mil maneras de alzarse en muerte, cuando

la voz nos lastra de silencios mínimos.

 

Toda la muerte está en la vida. Ignoro

esta verdad cuando respiro; niego,

si acaricio una mano, su evidencia;

me obstino, con un velo en la pupila,

en definir la vida por lo vivo

y no por lo que hiede a desamparo.

Y entre tanta perdida podedumbre

como la vida encierra, me estremezco

cuando hiere la muerte mis fronteras.

 

Toda la vida es muerte, pero es cómodo

desconocer los hechos, someterse

a lo que el miedo estableció; si acaso,

de cuando en cuando y no por mucho tiempo,

llegamos -a lo sumo- hasta la entrada

de la gruta pero sin trasponerla.

Y sin embargo late en cada célula

de la costumbre, inicia un recorrido

victorioso por montes y pantanos

de nuestro tiempo, por las sendas mismas

de cada fiel segundo, y nos sumerge

en un profundo lodo que nos deja

frutos de nada en la desolación.

 

No hace dolor un muerto porque estamos

tan repleto de muerte, tan en trance

de respirar la muerte, que las venas

no son sino un torrente de cadáveres

que fuimos naufragando con olvidos

para evitar que nos amenazaran.

 

Pero algún día todos esos muertos

que has ido tú ignorando por sistema

para que no te enturbien la alegría,

se te pondrán de pie sobre los huesos,

pedirán sin remedio los tributos

que siempre le has negado. Sólo entonces

te mueres de verdad... y alguien te llora.