Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

a Antonia.

 

Tras cada esquina espera el afilado

cuchillo del "adiós", que nos cercena,

tras cada risa, tras cada mirada,

agazapado como hiena o tigre

espera que seamos ya carroña

para saltar sobre su presa, hincar sus dientes

sobre las fibras del más puro goce.

Brotan adioses tersos como penas,

como maduros frutos solitarios

que van poniendo zancadillas ásperas.

Y nosotros seguimos sonriendo,

leprosos del amor, mientras que a tiras

la carne se nos pudre y se nos cae,

y mientras que a través de ese desgarro

que el adiós nos va haciendo en la armadura

se ve el hueso amarillo, el duro tuétano

de la más solitaria y gris marea.

El hombre es una isla sin arribo

rodeado de adiós por todas partes,

sumido en ese mar, perdida Atlántida,

comido por las algas de estar solo

con el desván de los recuerdos llenos

de sucios trapos, besos ya podridos.

Adioses que le cuelgan de los ojos,

que marcan un camino entre canchales

jalonado de cálidas nostalgias,

abren la fosa, vierten sus despojos

en el perdido muladar del llanto.

Aquí, adiós a las novias que no han sido,

más allá, a los amigos que se fueron,

y el hombre, con adioses que le cercan,

con huracán de adioses que le tumban,

sigue portando su caudal de miedo

esperando el adiós definitivo.