Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

a mi hermana.

 

Como un agua mordida mi dolor busca cauce

y se lanza a la incierta claridad de la estrella

y pone mi bandera de soledad en trance

de perecer con nadie y vivir con la piedra.

 

Estamos contra el viento el paisaje y mi noche

cosiendo de alfileres las rocas a mis ojos,

sumiendo la espesura vegetal de mis voces

en las luces furtivas que refleja el arroyo.

 

No hay huida posible; estoy aprisionado

contra el contacto duro de una espada de ausencia;

como serpientes ácidas, los caminos del llano

se enroscan a mi cuerpo y me fijan en tierra.

 

¿Pero y mi dicha antigua? ¿Y las ciertas ternuras

que un día me elevaron desde mi barro al vértice?

¿Dónde están las palabras?, ¿dónde aquella segura

manera de besar mirándome a la frente?

 

Todo es piedra o es árbol, rugiente mundo muerto,

yacente geología que me sume en su pozo

y hasta mis voces tienen, al gritar, como un eco

de rocas al chocar hacia el hondón del fondo.

 

La tarde soy yo mismo; aquí ya nadie es nadie.

La soledad, a fuerza de morder los pulmones,

mineraliza el pecho, hace cuarzo a la sangre

y esparce con el viento los sueños por el monte.

 

Mirad hacia el paisaje; sobre aquella colina

un hombre se hizo roca porque el dolor lo quiso;

no detengáis el paso; pasad un poco aprisa:

¡es una piedra más que rueda hacia el olvido!