Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

PRÓLOGO

 

     Conocí al poeta Antonio Luis Baena cuando ya era un hombre asaetado por el dolor. Era el año mil novecientos ochenta y cinco y acababa de publicar “La muerte va lamiendo mis cimientos”, un libro donde cada poema es un espasmo doloroso, una contracción horrenda, un aullido de parto mortal. Había muerto su hijo a corta edad y, según sus palabras, había escrito este libro para no volverse loco de dolor, para, de alguna manera, convertir en palabra, en verso, en belleza, en sacramento, el dolor por la muerte de su hijo y la muerte de su hijo, que no son la misma cosa. Cuando se nos muere alguien, y esto no es tan obvio como parece, una cosa es nuestro dolor, esa aguda espina dorada, y otra el dolor por todo lo que la muerte ha arrebatado a quien amamos. “La muerte va lamiendo mis cimientos” no es un gran libro de poemas si atendemos a la métrica y a la estructura de los poemas. El mismo poeta lo sabe y escribe: “Estos poemas que te escribo / quizás no tengan forma ni medida, / ni todas esas cosas / que solemos poner los poetas para que suenen bien. / Sólo tienen dolor, / montañas de dolor, / desiertos de dolor… / Y eso me basta”. Digamos que este libro es a la poesía lo que el llanto a la seguiriya: se canta porque se llora, pero el llanto no es poesía, ni cante jondo. El llanto es el grito que el dolor convierte en música, en verso, en sacramento. No estoy diciendo que el libro sea fallido. Sólo digo, y en eso coincidía Antonio Luis Baena, que el dolor, la angustia y el vacío, como un agujero negro, no dejaban brotar la luz de los versos.

 

     Conocí a Antonio Luis Baena una noche de mil novecientos ochenta y cinco en el “Alcaraván” de nuestro pueblo, una taberna con tablao flamenco y con resonancias poéticas. Antonio Luis había fundado en 1949, junto con los hermanos Antonio y Carlos Murciano, Cristóbal Romero, Julio Mariscal y otros el grupo poético “Alcaraván” y un grupo de jovencitos quedamos con él porque habíamos leído su libro y habíamos llorado con sus poemas. Nos recibió – digo nos recibió porque llegó antes que nosotros – con un traje negro y una camisa blanca cortada en vertical por una corbata mucho más negra aún que el traje, como si el luto quisiera realzarse en esa prenda. Su sonrisa, no obstante, tenía calidez, cercanía, y ese brillo sagrado de los que sufren. Enseguida nos hicimos amigos. Muy pronto, en nuestras conversaciones, en nuestra correspondencia epistolar, me di cuenta de que estaba ante uno de los seres humanos más dignos ante el dolor. Ante el dolor hay que ser digno, que no quiere decir impasible. Tenemos que hacernos dignos de nuestro sufrimiento porque sólo así podremos transformarlo en belleza, en ética. Comencé a leer sus libros y descubría algo que me viene azorando desde hace tiempo y que no tiene ninguna base lógica, pero que ahí va: la poesía tiene un carácter premonitorio claro. Es como si nuestros versos, a saber por qué clase de cerebración inconsciente, como diría Darío, efectuaran avanzadillas en el futuro. Como si conocieran el futuro y lo plasmaran en nuestros versos de hoy. Lo digo porque muchos poemas de Antonio Luis Baena adelantan ya, años antes, ese gran dolor que ha de llegarle con la muerte del hijo. Muchos de sus poemas, que siempre hablan, de qué si no, del amor y la muerte, son como una preparación al dolor, como una víspera.

 

     Pero tanto la preparación para el dolor, como el dolor mismo, no constituyen nunca, en la obra de Baena, un territorio baldío y sin confines. Como una luz, lejana a veces, más asequible otras, la esperanza se deja entrever por entre los tensos endecasílabos o los alargados ríos de alejandrinos. Una esperanza, una luz, que no vienen del cielo, sino del Cielo, porque Antonio Luis Baena es un hombre de hondas convicciones cristianas y espera en Dios. Sabe que habrá un resarcimiento, una justificación, que no todo está perdido cuando todo está perdido. Tiene dudas, maldice, clama, exige, pero espera.

 

     Fruto de nuestra amistad, Antonio Luis Baena se ofreció a prologar mi primer libro, “Y era la lluvia amor”, publicado en la colección sevillana “Barro” en 1991. Este compadreo editorial – compadreo en el buen sentido, claro –, acrecentó nuestra amistad, nuestros paseos por Arcos cada vez que venía al pueblo. Me gustaba escuchar su voz sabia, su acento amistoso, sus escasas quejas. Había un día al año en que su presencia en el pueblo era fija, señalada: todos los Miércoles Santos venía a presenciar la procesión del Cristo del Perdón. Era un rito en el que yo le acompañaba sabedor de que estaba asistiendo a algo sagrado, a la asunción del dolor por parte del poeta, a la comunicación, pecho a pecho, del dolor del poeta con el dolor del Cristo.

 

     Antonio Luis Baena es, también, un poeta del amor, esa entrega. Amor que se hace pájaros, fuego a veces, deseo siempre, enaltecimiento, consumación. Amor, que como el dolor, esperan la bendición y la justificación de algo sagrado. Y entre el amor y la muerte el tiempo, auténtica patria, solar del hombre. El tiempo, el paso del tiempo, que nunca es tiempo muerto a pesar del título de uno de sus libros, sino que es rescatable mediante la memoria, mediante la indulgencia, mediante la poesía.

 

     Antonio Luis Baena murió en las postrimerías de dos mil once, cuando el mundo se prepara para la Navidad, ese acontecimiento revolucionario que él cantó en su libro “Campana sobre campana”. Diciembre es un mes de cócteles y celebraciones y un día entre dos fiestas murió el poeta. Murió en Sevilla. Su familia, sabedora de nuestra amistad, me ha hecho llegar sus inéditos, de entre los cuales he entendido publicable –asesorado por poeta de solvencia cuyo nombre quiero omitir – este “El último navío” que tenemos entre las manos, un libro sin fecha pero que trata, también, de postrimerías, de despedida, que no de cierre.

 

     Con los libros póstumos, con los libros cuyo autor, alcanzado por la muerte, no ha podido tomar decisiones, hay que ser exigentes y actuar con tiento. Así se lo hice saber a la familia – cómo emociona la ternura dolorida de la viuda, Violeta Gallé –, que lo entendió perfectamente. Una publicación alocada puede dar al traste con toda una obra poética, porque lejos de arrojar luz puede embrollar, emborronar y deslucir el edificio alado que todo poeta quiere para sí y para el aire futuro. Sólo “El último navío” ha superado esas exigencias y helo aquí, con sus pocos pero definitivos poemas, dando sentido y orden a todos sus libros anteriores.

 

     “El último navío” culmina una obra breve, pero genuina. Antonio Luis consiguió lo que debe ser nuestra gran aspiración: una voz personal, reconocible. Cantó lo mismo de siempre, porque no hay otra cosa, pero lo cantó con su voz, lo cantó desde su pecho intercambiable. “El último navío”, como digo, culmina pero no cierra. Una obra poética nunca se cierra porque no se puede cerrar el aire, ni el tiempo, ni el amor ni la muerte, materiales de los que está hecha. “El último navío” hace suyo el machadiano “se canta lo que se pierde” para cantar lo perdido, lo que el viento se ha llevado. Pero a Dios gracias el viento del tiempo no puede con este pobre cobertizo de palabras que es la poesía, y en él se refugia Antonio Luis, en él se refugian estos pocos poemas en los que no falta la luz de la que hablábamos antes, la Luz, por hablar con propiedad.

 

     Antonio Luis Baena prologó mi primer libro y yo le pago con la misma moneda prologándole “El último navío” suyo. La moneda de la amistad, del reconocimiento ante la grandeza de un ser humano que amó y sufrió con dignidad, sin descomponer la figura porque sabía que ambos, el amor y la muerte, forman parte del sabor encendido de la vida, por decirlo con versos de Brines.

 

Pedro Sevilla.