Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

24

 

Me asomo a la ventana de mi cuarto.

Dentro ruge la selva de los libros,

la pradera sin voz de los durmientes;

el mar de cada día lleva apenas

olas sin fuerza a mi nocturna playa.

Y fuera, como en gozo, se insinúa

la sombra de un paisaje compartido

por horas de otra luz más cegadora.

Las altas torres de espadaña fina

presagian su estatura tras la copa

de la palmera grácil; y una leve

brisa de junio esparce su silencio.

La ciudad muestra el pulso de su vida

en una letanía de ventanas

ya radiantes de luz, ya esplendorosas,

que inician su callar, su sombra muda,

la sucesiva integración al cuerpo

de la noche y al alma de la noche.

 

Me asomo a la ventana del pasado.

Y un pálido paisaje me acongoja,

con una luz de muertos y perdidos

que van poniendo llanto de recuerdos,

con una luz difusa, una luz tenue

que levanta en asombro los cadáveres

de horas fundidas ya, de horas ya vanas

que tuvieron su fuego y su alegría.

Me asomo por ventanas oxidadas,

por estrechas troneras que no pueden

ensanchar la memoria y el coraje.

 

Pero me asomo porque sé que nunca

se asomará por mí nada ni nadie.

Me asomo a mis ventanas, me acomodo

en el fiel antepecho de unos días,

unas calles, la Peña, unas mañanas

oliendo a pan de pueblo, a juegos niños

que quisiera fijar ya para siempre.

Mas un paisaje amarillento y pálido

envuelve con sus ondas la certeza

de un guadalete lento que no vuelve

a morder las raíces que ya fueron.

Porque fueron, seguro, fueron mías,

y me quedo tan sólo con la herencia

de poder recordar, aunque un extraño

sea quier por mí despliegue sus ramajes

para acoger los pájaros vencidos.

Me asomo a mis ventanas quebrantadas,

a los senderos que mantuvo el tiempo

como fósiles vivos, a los rígidos

encuentros con el yo que ya olvidaba

que pudiera existir en lo perdido.

Y convoco los restos de un naufragio

para tratar de restaurar velámenes

que pongan rutas donde sólo hay miedo.