Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

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Hay muchos tipos de traiciones.

Unas son conocidas

y, si me apuran, hasta espectaculares.

Reciben su castigo y pocas veces

quedan en el anonimato.

No tienen importancia porque

dentro de esos binomios

en los que se debate,

la traición y el castigo restablecen

un ecológico equilibrio

para poder seguir haciendo

otras traiciones más o menos graves

para poder seguir tirando

de esa carreta que los optimistas

llaman vida...

y otros muerte.

 

Hay un segundo grupo

de traiciones que pasan

más desapercibidas.

Pocas veces, y aunque lo merecieran,

reciben su castigo.

Por ejemplo,

guardar las cartas que han escrito

los seres que quisimos algún día;

conservar los retratos

de unos ayeres que nos conmovieron;

almacenar las voces

de seres que estuvieron y no están.

 

Y en todo caso debería

ser su castigo

más severo y urgente y más acorde

con sus grandezas y sus desconsuelos,

porque son las traiciones que acometes

contra los indefensos que te amaron,

contra quienes te aman todavía.

 

Se han de volver hacia tu sangre

cuando ni voces, cartas,

ni tampoco la imagen,

te pueden rescatar desde tu olvido:

sólo te quedan trozos

de un todo naufragado para siempre.

 

Y para más desgracia

aún te queda apurar el cáliz turbio

de otras traiciones,

las más oscuras, las que nadie

nunca sabrá, porque gravitan

sólo en tu corazón;

las que tú mismo

te has hecho con el paso

de las horas y los siglos de tu vida.

 

Y aquí si que es terrible tu castigo:

tendrás que convivir con tus traiciones

como un espejo que refleja

la poquedad de tus impulsos.