Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

 

17

 

  De pronto un fado portugués

acarició mi tristeza

y era evidente

que antes había guillotinado

a ese destronado monarca

que algunos

apellidan alegría.

 

  Era el tiempo

en que hacía dieciséis grados en Atenas

y treinta y cuatro en Bangkok, pero ignoraba

el temblor del amor;

y nunca supe

a cuántos grados podríamos fundir

un corazón que andaba otros caminos

que nunca se cruzaron con el nuestro.

 

  No sé si he dicho antes

que en Toronto la nieve

caldeaba el ambiente y los recuerdos.

 

  Pero esta habitación

seguía como siempre:

esperando estallidos que no llegan

aunque prediquen los conjuros

que allá por las Azores

empezaban a hacer su travesuras

los anticiclones de la desesperación.