Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

"HISTORIA DE UNA AUSENCIA" (2/9)

 [Enlace al libro]

 

 

     Se trata de un texto en el que el amor y la muerte son protagonistas esenciales y agónicos. Pienso que he incurrido en una redundancia al hablar de dos elementos distintos – Eros y Tanatos – cuando, en puridad, ambos deben reducirse a uno solo: la vida del hombre. Vida que se desdobla en esos dos vectores, que agavillan el sentimiento del poeta y lo tiñen de desolada hondura.

 

     Y es que si el amor le proporciona un tenue brillo de esperanza a la que se descubre como gris existencia, el pensamiento de la muerte viene a ennegrecer de amargura y desesperación los escasos momentos de dicha y exaltación amorosa.

 

     Es la suya una poesía de hondura moral, sobria y rotunda, que escasamente se nos va por las ramas de alguna que otra acrobacia, si bien – como todas las personas serias – cuando lo hace, se descuelga con un humor profundo e inteligente, que dispara básicamente contra él mismo, consecuencia de su amargo sentido de la ironía. Así nos dice en un poema “Que de marcha fúnebre me pongan / un ritmo de Manhattan…” [poema] de la misma manera que en otro se queja diciendo que “Tristesse”, no, que ya es mucha tristeza / “Nocturnos”, no, que el corazón del día / va desbocado en busca de armonía…” [poema].

 

     Y si hablamos de amor, hablamos de amada. Los poemas a ella dedicados revelan un profundo sentimiento amoroso que nos traen el recuerdo de Bécquer y de Antonio Machado, con predominio de este último. En ellos alienta el hondo deseo de que no se extinga el amor con la muerte, sino que, a través de sus versos, pueda la amada seguir manteniendo un nexo espiritual con el amante. De este modo dice que “Cuando yo muera… siembra en tu corazón el tenue aliento /  de este soneto gris que te eterniza” [poema], porque para el poeta “estar triste sin remedio / es morirse y que nadie te eche cuenta” [poema].

 

     La tristeza y el permanente aguijón del recuerdo de la muerte se atenúa cuando la amada le acompaña. Y así dice: “Sostengo / tu cabeza en mi hombro y, niña y loca / la tarde se columpia con mi alegría” [poema]. Y es que la ciudad y el paisaje se ennoblecen y ahondan si se identifican con el escenario donde se encuentra su amor. Por eso “Tu nombre, Cádiz, lleva otro nombre y te hace / hallar tu justa forma, tu más pleno sentido” [poema].

 

     Hablamos de su deuda con Antonio Machado y estos versos que siguen nos lo ratifican. Son los que nos incitan a “hablar con quien llevamos dentro del corazón” y aquellos que confiesan que “hablamos con quien vamos / para poder hacerlo a Dios como a un amigo” [poema]. Palabra que nos recuerdan aquellas machadianas de “quien habla solo, espera hablar a Dios un día”, permanente diálogo que el poeta mantiene consigo mismo, religiosa actitud que le hace mantener de continuo una oración sin colores de liturgia con el Dios que se asienta en el corazón de todos los hombres.