Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

"LA MUERTE VA LAMIENDO MIS CIMIENTOS" (6/9)

[Enlace al libro

 

 

     Este libro marcadamente elegíaco, el más amargo del poeta, está motivado por la temprana muerte de un hijo, hueco irrellenable y golpe tremendo que marcaría para siempre su existencia.

 

     Todo el texto está atravesado por el lacerante dolor de la desgracia, hachazo inolvidable que de un modo permanente viene a subrayar, no sólo su escritura sino su propio talante ante la vida.

 

     El rostro recordado del hijo desaparecido se ha grabado de tal modo en el poeta que todos los colores del universo se desvanecen y ni siquiera el negro ha de servir para el luto de su corazón. Sólo la “palidez de tu última noche” [poema] es la que guardan sus ojos para el ejercicio cotidiano de la memoria dolorida.

 

     Su amor paterno, ese tremendo amor ahora sin físico destinatario, le hace vocear con desesperación, gritando a quien quiera oírlo, que todos sus versos y todo el tiempo que le pueda quedar de vida, lo cambiaría por un solo minuto con él. Un cómputo del tiempo que le impulsa a suponer que su existencia la regulan dos relojes: uno “en punto, normalmente” – que marca las horas de la rutina diaria –,  y otro "muy cerca del corazón" – que señala (refiriéndose al vacío de su hijo desaparecido) la hora de la pena, la de su ausencia –, y que preferiría que adelantase aún más a fin de acercar la hora de su muerte para reunirse con él [poema].

 

     Pero no se trata de un dolor del que pueda curarse. No es un luto pasajero, sino un permanente duelo, del que – además – no quiere salir. El poeta no imagina siquiera la posibilidad de que la angustia cese, que la amargura remita. Tan sólo con  su propia desesperación podrá su corazón dejar de estar de luto, ya que mientras la vida aliente en sus pupilas y la luz le marque su despertar o la noche le acoja, estará llorando.

 

     Porque el hecho de seguir vivo es la condena más terrible que le ha podido acaecer tras la muerte del hijo. Castigo que no cesa, pues tampoco desaparece el recuerdo dolorido, sino que – cuchillo clavado – permanece hiriendo en carne viva sin posible remedio. De tal manera que, incluso, para aliviarse del dolor de tal pérdida expresa su deseo de cambiarse por el niño desaparecido. (“Si yo pudiera me cambiaría por ti” [poema]). Todo, menos tener que seguir vivo.

 

     Y – emperatriz absoluta – la desgana le lleva a no encontrarle sabor a la vida, y a un disgusto continuo que le hace sentirse cuarteado y a punto del desmoronamiento. De modo que ni el sueño le alivia del recuerdo dolorido, ya que la imagen del hijo desaparecido preside su existencia y le “arranca ovejas de insomnio / para poder dormir, / morir he dicho” [poema].