Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

"LIBRO DE LAS TRAICIONES Y OTROS ESPEJOS" (7/9)

[Enlace al libro

 

 

     Como pórtico del libro enumera el autor un catálogo de traiciones que el hombre comete a lo largo de su vida y que, casi siempre, reciben su indeclinable castigo, con lo que se viene a restablecer el necesario equilibrio.

 

     Pero A.L. Baena se refiere en su desgarrado texto a una serie de traiciones que casi siempre pasan desapercibidas y, lo que es peor, quedan impunes: guardar las cartas que han escrito aquellos que quisimos algún día, conservar los retratos de unos ayeres que no conmovieron, almacenar las voces de quienes se fueron…

 

     Pero el poeta destaca como la peor de las traiciones aquella que uno mismo se ha hecho a lo largo de la vida, si bien reconoce que este tipo de traición tiene su peor y terrible castigo: el convivir con ella, contemplándola de modo próximo y permanente, como un espejo que de modo continuo te la recordara [poema].

 

     La desesperanza es una constante de la lírica de A.L. Baena, que si bien en ocasiones hay que deducirla del contexto de sus poemas, no faltan veces en que la declara de modo explícito y terrible, como cuando en el poema 2 grita “No hay salvación posible”, aunque a renglón seguido reconozca que es preciso segur combatiendo (“te obstinas en luchar”), aunque con amargo escepticismo proclame que sabe que se engaña [poema].

 

     Porque dentro de ese orbe de dudas y combates, sin una meta clara y con una moral desfalleciente, sí sabe dónde está el verdadero enemigo con quien tiene que habérselas y en qué terreno. Implacable, diagnostica: “El peligro que va rugiendo en ti… y que eres tú” [poema]. De modo que ese permanente guerrear que le lleva a la tristeza, le hunde en la desesperación y le aísla en una peligrosa soledad, no tiene otro fundamento ni reconoce otro origen que un “yo” emboscado en su interior y con el que resulta tan difícil combatir.

     

     Y aparece la nostalgia – esa tristeza por un bien perdido – ese recuerdo de un momento feliz que “merece la eternidad por compañía” [poema]. El poeta no deja de reconocer la sombra brevísima y fugaz de los momentos en que ha vislumbrado el planear de la dicha. Pero no se deja vencer por la remembranza de aquellos fugaces instantes, sino que opta – con madurez flageladora contra sí mismo – por enterrar su memoria para impedir la dulzura de la nostalgia. Es A.L. Baena hombre de acendrada vocación por la amargura que ni siquiera se da el respiro – aunque fuera cobarde o ilusorio – de mirar a cualquier fugaz paraíso perdido. Lo suyo es tomarse la vida a palo seco, sin paliativos, aguantándola a pie firme.

 

     Esa entereza de roca le hace encastillarse en un “yo” que le duele, un “yo” fortificado y autosuficiente, aunque sabedor el poeta del alto precio que ha de satisfacer por su aislamiento. Su proclama: “No pido nada, porque nada estoy dispuesto a dar” campea como un lema de egotismo desmesurado que en definitiva acaba volviéndose contra él mismo, porque aunque manifiesta que “no tiene remedio esa batalla / en al que al mismo tiempo represento / el papel de vencido y vencedor”, realmente no resulta así, ya que su roquero encastillamiento no debe proporcionarle más que un agravamiento de su radical soledad [poema].

 

     Estado éste que le lleva, ineludiblemente, a la convicción de saber “de sobra y sin remedio que todo se acabó”, hasta tal punto que, aun reconociendo la posibilidad de que “algún rayo de luz” atraviese la coraza con que se recubre, se grita a sí mismo con toda la dureza de que es capaz: “quédate ciego y muérete”. No quiere dejar margen a la esperanza de salvación, se empecina en el fracaso de la existencia y manifiesta de modo desgarrado que no es su corazón “el lugar apropiado para milagros que no quiere" [poema].

 

     Pero es que su empecinamiento en negarse a la esperanza le impide gozar de los instantes – aunque sean efímeros – de dicha. Lo dice de modo esclarecedor al proclamar que “no pueden medirse los milagros por su extensión” [poema]. Estamos de acuerdo en que la mayoría son prodigios mínimos, milagros de menor cuantía con los que los humanos nos contentamos, pero que, sin duda, nos ayudan a seguir viviendo.

 

     A.L. Baena llegar a rizo el rizo de su desesperanza cuando nos descubre el porqué de su temor a los hechos milagrosos: el conocer el sabor amargo “que te dejan al saber que son irrepetibles”. Y es por tener la certeza de su irrepetibilidad por lo que se niega a la esperanza de su acaecimiento.

 

     Y aunque el poeta manifiesta rotundamente que se mueve “más por corazón que por razonamiento” [poema] y que así le van las cosas, no parece ser el mensaje que de sus textos se deriva. Quizás – piensa – que las cosas le irían bastante mejor si hubiera podido conciliar con más equilibrio las dos actitudes: la racional y la cordial y como dice el viejo aforismo: “En caso de duda, seguir al corazón”.

 

     Llega, pues, en “El libro de las traiciones y otros espejos” al colmo de su pesimismo cuando, al enumerar los posibles caminos que pudo haber seguido para liberarse de los fantasmas que le constriñen a cada instante, declara con la contundencia que en A.L. Baena resulta característica que “hubo una solución: no haber nacido” [poema]. Con esa salida no sólo nos declara carecer de esperanza sino ni siquiera agradecimiento por la propia existencia. Vida que le parece una carga demasiado pesada y que quizás – y sin quizás – piensa que no le ha compensado arrastrar.

 

     Esa es la razón por la que en un catálogo lírico de posibles suicidios, propone la forma que “más acorde va / con sus tendencias o necesidades”. Y así con un punto de ironía nos habla de: “quemar la propia poesía, / anudar la corbata / para que revienten los olvidos / y – parece que esta es la elegida por el poeta – arrojarse al abismo de la vida / dando la sensación de que aún se vive” [poema].