Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

"PIEDRA MILIARIA" (8/9)

[Enlace al libro]

 

 

     En este texto, la maestría de A.L. Baena encuentra un camino espléndido para recrearse en la búsqueda – y hallazgo – de un ritmo tan solemne y marmóreo como la temática a que se dedica sus estrofas. Y es que Mérida, la necrópolis de Carmona o la gloria mutilada de Itálica son estímulos tan fuertes que determina que sus versos alcancen la sonoridad y compás que reclama el tema elegido.

 

     Pero el poeta se descubre en su más honda dimensión: en el hallazgo del latido humano. Y si bien sus versos adoban con rotundidad y magnificencia la recreación del pasado romano de la Bética, es cuando – planeando – desciende hasta encontrar al hombre, cuando sus estrofas adquieren su mejor – y más profunda – dimensión. Así al cantar las ruinas de la necrópolis carmonense, más que recrearse en un historicismo que bien pudiera ser arqueología lírica, elude – con habilidad – ese peligro y  se acerca al “memento” que el recinto funerario le provoca. Y así nos dice que “puede /que no fuera tan leve como gritan las piedras a los siglos, esta arcilla / que les tocó para el descanso” [poema].

 

     Logra con elegancia – e inteligencia – acercarnos a los muertos de hace dos mil años y recrearnos su estatura de hombres que ambicionaron, amaron y sufrieron y que el tiempo convirtió en esa tierra sobre la que se levanta el recinto de la necrópolis.

 

     En el poema “A las sombras de Itálica” – en el que aletea la sombra gigante de Bertolt Brecht – el poeta de Arcos hace explícita renuncia al recuerdo de la “Itálica famosa” de la canción de Rodrigo Caro, la de los mármoles, cipreses, romanas águilas, eternas legiones y estirpe de Trajano, porque en esa querencia suya por bucear en el corazón del hombre, prefiere cantar la subhistoria: no el palacio sino la cabaña, no la columna sino el adobe, la muerte solitaria en el anfiteatro, la doncella suspirante, el gladiador vencido o cualquier anónimo atardecer, cuando “era España / ni un proyecto siquiera en el futuro” [poema].

 

     Da, en ese texto, A.L. Baena un airoso quiebro al peligroso toro de un historicismo retórico y se centra de modo decidido en el hombre, el de todas las épocas, con las pasiones que por ser suyas son permanentes.