Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena
Antonio Luis Baena

Carlos Murciano González

(1931 - )

 

Su padre, el industrial Antonio Murciano Mesa, era natural de Málaga, y su madre, María Manuela González-Arias de Reyna, de Utrera. Estudió y ejerció la profesión de perito e intendente mercantil, también como profesor de estas materias. Es miembro de numerosas academias de Artes y Letras. Como traductor destacan sus versiones de poesía anglosajona: Mary Madeleva, Richard Eberhart, Langston Hughes, John Berrynan, Anne Sexton, Mary Wilson y varios poetas norteamericanos. Es hermano de Antonio Murciano, miembro también del grupo "Alcaraván".

 

Su poesía se caracteriza por la variedad de registros y un constante uso de formas clásicas. Ha cultivado también la narrativa, el ensayo y la literatura infantil y juvenil. Ha escrito más de ochenta libros habiendo recibido diversos galardones, entre los que cabe destacar, tal vez, un accésit del premio Adonáis de poesía de 1954 por Viento en la carne, el Premio Nacional de Poesía de 1970 por Este claro silencio, el Premio Nacional de literatura infantil y juvenil de 1982 por El mar sigue esperando, el Premio Ciudad de Barcelona por Un día más o menos, el Premio Francisco de Quevedo por Del tiempo y soledad, el Premio San Juan de la Cruz por Diminuto jardín como una araña, el Premio Internacional Antonio Machado de 1997 por Concierto de cámara, así como los premios Mossen Alcover de 1964 y Ausiàs March de 1965, el Premio Boscán por Libro de epitafios y el Premio Internacional Atlántida del año 2000 por el conjunto de su obra. El documental cinematográfico de Dédalo films, dirigido por Guillermo de la Cueva, con textos líricos de Antonio y Carlos Murciano, fue en 1974 Premio al mejor Documental español del Sindicato Nacional del Espectáculo, bajo el título de "Arcos entre la realidad y el sueño".

 

DONDE SE DICE DE LALIA JUÁREZ

Y SU PIANO AMARILLO

 

Lalia Juárez, menuda y tibia, llena

de gracia y soledad,

tocaba

cada jueves del año, a eso del mediodía,

en una habitación sin ventanas, frontera

del desván,

su piano

amarillo. Refieren

que cuando suavemente se encendían sus dedos

y subía la música, como si fuera humo,

hasta las vigas toscas y en ellas se enredaba,

las trenzas de azafrán de Lalia Juárez

se desprendían de sus mariposas

y el cabello caía por su espalda

como fuego, incendiando

cortinas y anaqueles,

la piel de las vitrinas,

las altas copas del aparador.

Un jueves de un otoño

que el tiempo no ha borrado,

en tanto Lalia Juárez tocaba una sonata

de Bach,

cedieron las paredes

y envuelta en abanicos, pamelas rosas, frascos

de perfume, corpiños, largos guantes de seda,

partituras y olvidos, salió la casi niña

del brazo de una tromba

de aire,

y con piano y todo se perdió entre la lenta

sombra de los alerces,

que andaban por entonces desnudos, tristeando.

 

De Historias de otra edad